Los Venturers exploran la costa de la Isla Catalina con kayaks de mar

Kayaking Emerald Bay Catalina Island Smugglers Cove

CON LA MAREA ALTA, “Smuggler’s Cove” (La Caleta del Contrabandista) no parece gran cosa—sólo un agujero oscuro en la base de un acantilado en la isla de Catalina.  Sin embargo, durante la marea baja, se convierte en una cueva amenazante y oscura.  La leyenda dice que el fantasma de un marinero guarda un tesoro de valor incalculable escondido en la cueva por una banda de despiadados piratas de California. 

A la luz menguante de una tarde de octubre, los miembros del grupo Venturing 420 vaciló a la entrada de “Smuggler’s Cove” en una colección de coloridos kayaks.  Apenas podían distinguir su pared trasera, oscurecida por la penumbra, y la entrada era sólo lo suficientemente grande para un solo bote.  Uno por uno, cada miembro del grupo remó hasta su entrada, se agachó y se deslizó dentro de la caverna con el impulso de las olas.  Entonces, le llegó el turno a Jake Stephens.

“¡No entres en el vórtice!  ¡Te va a matar!”, dijo Jack Daum con picardía, al momento en que Jake, con 18 años de edad el más joven del grupo, hundía su remo en el agua.

“¡Si ves una luz intensa, nada hacia ella!”, dijo J.R. Brolliar, incitándolo.  Sin dudarlo, Jake bajó la cabeza y se deslizó dentro de la boca rocosa de la cueva y desapareció en la negrura.  Momentos después, se deslizó hacia afuera de nuevo, con una amplia sonrisa debajo de su torcida gorra de béisbol.

Los Scouts han remado al interior de “Smuggler’s Cove” y a lo largo de las costas escarpadas de Catalina, durante décadas.  Ellos vienen al Campamento “Emerald Bay” de lugares tan distantes como Corea, Japón, Dinamarca e Inglaterra para ver este paisaje salvaje y a aprender a navegar sus aguas en kayak.  Algunos nunca han visto el mar antes pero se van con un sentido indeleble de su magnetismo.  La mayoría de los miembros del Grupo 420, sin embargo, se había aficionado al deporte del kayak varios años atrás.  El inusual grupo se compone de ex empleados del campamento que siguen reuniéndose mucho tiempo después que su tenencia de verano había terminado.  En este particular fin de semana de octubre, viajaron desde sus hogares, esparcidos a lo largo de la costa de California, para encontrarse con viejos amigos y pasar un fin de semana remando.

Cada viaje a la Isla Catalina comienza con un paseo en barco.  En la tarde del viernes, los Venturers abordaron el último ferry en Los Ángeles, y una palpable sensación de emoción impregnó el aire.  Muy pronto la ciudad desapareció en una niebla y las montañas de Santa Mónica se convirtieron en líneas irregulares contra el cielo azul pálido.  Un grupo de niños de 6 años de edad en una visita de fin de semana chilló de alegría cuando cientos de delfines nariz de botella rodearon el barco, saltando en parejas y en tríos en lo que parecía un espectáculo magníficamente orquestado.  Los miembros del Grupo 420 se limitaron a sonreír, con los ojos chispeantes.  Aunque el viaje sólo dura una hora, se siente como si Catalina estuviera en medio del Pacífico.

“La mejor parte de reunirse así como lo hacemos es retomar nuestras actividades justo donde las dejamos”, dijo Nick Leimbach, un adolescente larguirucho equipado con su teléfono móvil y un montón de entusiasmo.

“Es muy excitante”, dijo su amigo Chris “Suzu” Suzuki.  “Yo he venido desde San Francisco para hacer esto”.

EL PLAN DEL GRUPO era zarpar temprano en la mañana del día siguiente, remar unos ocho kilómetros hacia el extremo occidental de la isla, y echar un vistazo al lado de barlovento.  Al llegar la tarde, establecerían el campamento en una playa desierta; y a continuación, remarían de regreso a “Emerald Bay” en la mañana del domingo. 

Kayaking Emerald Bay Catalina Island Arriving

Aunque era un grupo experimentado, cualquier viaje en kayak tiene variables—y la isla de Catalina, sujeta a los tempestuosos caprichos del océano, no es una excepción.  En pocas horas, las olas pueden alcanzar más de dos metros de altura, lo suficientemente altas para que los kayakistas se pierdan de vista unos a otros cuando están entre las olas; el viento y la lluvia pueden surgir de un cielo claro en cuestión de minutos.  Mientras que el Campamento “Emerald Bay” está situado en el lado oriental más protegido de la isla de 40 kilómetros, el lado occidental, el destino del grupo, es mucho más salvaje.

“Aquí estamos protegidos por la isla”, dijo Van Whiting, de 26 años, el asesor robusto y curtido del Grupo 420, durante el desayuno en el Campamento “Emerald Bay” el sábado por la mañana.  “Al otro lado, no hay nada entre ustedes y Japón”.  Esa mañana, sin embargo, el cielo estaba auspiciosamente claro y el agua quieta como un plato.

El atractivo del kayak de mar es casi inmediatamente evidente, incluso para los principiantes.  Las embarcaciones son elegantes y perfiladas.  Y a diferencia de los botes de remos o las canoas, son fácilmente maniobrables por una sola persona, ofreciendo la libertad individual para explorar un mundo marino mágico que es insondable para los marineros de agua dulce.

“No quiero nunca volver al continente”, dijo Nick a medida que el grupo remaba alejándose de la playa en forma de media luna del Campamento “Emerald Bay”.  “Nunca”.

POCO DESPUÉS DE SALIR de la bahía, la isla se convierte en algo salvaje, y no hay señales de civilización que estropeen las laderas escarpadas y rocosas que se hunden en el mar.  Alejados de la costa, el agua es tan profunda que parece tener un rico color verde azulado.  Ese sábado por la mañana, una garza solitaria cortó el aire sobre las cabezas de los Venturers, varios pelícanos rozaban el agua y polluelos de gavias patrullaban la superficie, flotando sobre bosques de algas de más de 30 metros de altura. 

Kayaking Catalina Island Map Emerald Bay

“Lo mejor de todo esto”, dijo Suzu mientras se deslizaba sobre las algas, “es que sólo se ven algas y peces pequeños en la parte superior, pero más abajo hay muchísimo más”.

A medida que el grupo trazaba las ondulantes ensenadas y acantilados de la costa de la isla, parte de esta misteriosa vida acuática se revelaba, ante los aplausos y gritos de los kayakistas.  Por debajo de los botes, nubes de color plateado de caballas del Pacífico, brillando como espejos, se arremolinaban en el sol.  Varias focas asomaban sus cabezas fuera del agua, mirando con curiosidad al grupo de kayaks y desaparecían sólo para reaparecer aún más cerca de los botes, con sus ojos brillando como canicas.  Más tarde, apareció un enorme y patilludo león marino de California, inspeccionó malhumorado al grupo y se deslizó por debajo de la sedosa superficie, con tanta facilidad como había aparecido.

Los kayakistas se esparcieron con naturalidad, formando grupos de dos y tres. Algunos muchachos exploraron las costas ensombrecidas y escarpadas de la isla, en gran parte inaccesibles a pie.  Otros arrojaban una pelota de bote a bote, y otro grupo remó más lejos, disfrutando de la calidez de un cielo sin nubes.

“El kayak ofrece la oportunidad de controlar totalmente una embarcación en el agua”, dijo Van, que acompañó al grupo ese fin de semana.  “Tú tienes el control de tu propio bote, y aprendes cuáles son tus fortalezas y debilidades.  Algunos de los Scouts que vienen aquí nunca han visto el mar.  Al ofrecerles las herramientas para explorar esta área les damos la oportunidad de descubrir un mundo totalmente nuevo”.

Van aprecia pocas cosas más que ver a los Scouts descubrir este lugar, al igual que él lo hizo como un Scout de 11 años de edad.  Incluso como un adulto él cae bajo su hechizo.

“Una de las mejores cosas del kayak”, dijo mientras observaba como los Venturers se deslizaban sobre el mar”, es que es una actividad que crece contigo.  Se puede comenzar utilizando el kayak en salidas fáciles y adecuadas a la edad.  Luego, a medida que creces y aprendes, puedes abordar viajes más y más desafiantes.  Esta capacidad de seguir aprendiendo y creciendo ayuda a mantener a los muchachos entusiasmados e involucrados en el Scouting”.

AUNQUE EL LADO OCCIDENTAL DE CATALINA tiene una temible reputación, en aquella tarde de octubre era semejante a un cordero.  El grupo dio la vuelta a la punta de la isla para encontrar un paisaje aún más dramático de acantilados que se sumergen en el océano.  Hicieron una pausa para admirar la vista del océano que se extiende hasta las costas de Asia antes de hacer un giro para regresar y acampar en “Parsons”, una playa arenosa donde encendieron un fuego e hicieron hamburguesas a la parrilla con queso y se quedaron dormidos esparcidos en la arena bajo una lluvia de estrellas. 

Kayaking Emerald Bay Catalina Island Group

A la mañana siguiente, los muchachos se despertaron cuando la salida del sol comenzaba a iluminar el cielo.  Hacia el oriente, el horizonte brillaba con tonos violeta, y la niebla cubría la superficie del mar.  En silencio, el grupo empacó sus bultos y deslizó los botes en el agua, bamboleándose sobre las pequeñas olas. 

El Grupo 420 remó en silencio hacia el sol naciente, que iluminaba las capas de niebla que coronaban los acantilados y promontorios.  Por debajo, los bosques de algas estaban llenos de caballas y garibaldis naranja brillante.  Ni siquiera el zumbido de un solo barco en camino a Hawai, China o Japón rompió el silencio del mar.  Su silencio reverente sugería un acuerdo sin palabras de que valía la pena levantarse para disfrutar de este momento.

“Es en realidad muy agradable aquí”, dijo Jake de manera contemplativa.  Nick vaciló, apreciando el silencio sin aliento entre los golpes del remo.  El momento parecía desafiar las palabras.  “Es magnífico”, fue todo lo que dijo.

KATE SIBER es una corresponsal para la revista Outside. Su trabajo ha aparecido también en el New York Times, el Boston Globe y el National Geographic Traveler.

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